Quizás esa noche tirada en un diván en compañía del mítico capitulo en dos partes “una americana en París” de Sexo en Nueva York, me di cuenta de que no podemos desentendernos de nuestra vida y pretender que no nos sintamos solos. Tampoco podemos forzar situaciones pero, cuanto más enérgicos sean tus días más feliz estarás. Aprendí que el enemigo más feroz que podemos encontrar yace en uno mismo y que solo nosotros podemos controlar, calmar o avivar a la víbora que acaba por sabotearnos.
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